Masters de Miami 2024: Para espectáculo, el de Alcaraz | Tenis | Deportes

Quiere juguetear Gael Monfils, siempre divertido, pero enfrente se topa con un chico que adopta el rol del veterano, del serio, del práctico, que ejerce con decisión y mirada afilada, en línea recta. Poca broma. Solo una ligera relajación en el tramo final que agradece el público de Miami, porque de lo contrario, la historia no hubiera tenido más miga que la de corroborar el estado de gracia de Carlos Alcaraz. Irrumpe el de El Palmar como una locomotora e imprime más y más ritmo, bola pesada y ejercicio pendular, pelota de un lado a otro hasta que el francés, tocado del talón de Aquiles, levanta la bandera blanca relativamente rápido. Si ya pintaba difícil para él, un mal gesto en el apoyo condena al veterano y —con 2-2 en el primer parcial— desenrolla la alfombra roja para el pase del murciano, rotundo, virtuoso y concentrado este, poderoso e incontestable. Seductor y pletórico: 6-2 y 6-4, en 1h 14m. ¿Podrá alguien con él?

Nada de show a dos voces, nada de toma y daca. Eficiencia pura y dura. Espectáculo, sí, pero la firma es de un solo autor. Un dominio abrumador. Aunque el cartel pudiera invitar de antemano a pensar en un duelo más bien circense, por eso del espíritu recreativo de los dos, versos libres, el español, presente ya en los octavos de este Masters de Miami, decanta con autoridad y continúa agrandándose en esta dulce franja de marzo. Chocará este martes (no antes de las 20.30, Movistar+) con otro artista de brocha fina, Lorenzo Musetti (6-4 y 7-6(5) a Ben Shelton), y arenga al telespectador con la firma sobre la lente: Feel the magic, siente la magia. Tiene algo de mago el español, capaz de inventarse cualquier truco y de hacer fácil lo difícil, de reír en circunstancias de máxima tensión y de sacarle una sonrisilla amable al rival, que va perdiendo pero asiente porque no le queda otra, sencillamente rendido ante lo evidente. Le sucede esta vez a Monfils. Suda a chorros.

El francés, ahora el más veterano de la planta noble del circuito, choca rápidamente contra el muro. Tutea durante los cuatro primeros juegos, hasta que rectifica y al apoyar el pie para devolver de revés, siente un aguijonazo. Se echa la mano a la zona posterior del tobillo y se duele, y a partir de ahí, resiste como puede al alud. Alcaraz, 17 primaveras menos, percute con determinación y va trazando un abismo insalvable para el galo, que venía con optimismo —semifinales de Doha y octavos de Indian Wells— y se marcha mareado, boqueando, ahogado; como si lo hubieran metido en el tambor de una lavadora y hubieran aplicado un programa de 1.500 revoluciones. “Está por todas partes, es una locura”, le desliza a su preparador, Mikael Tillstrom, que en realidad no sabe muy bien qué decir. La mirada habla: amigo, haz lo que puedas. Y poco puede hacer Monfils, más que aprovechar la escasa concesión del final y estirar un poco el chicle, sabiéndose ya absolutamente perdido.

“Gael es un gran atleta y llega a casi todas las bolas. Por eso tenía que tener paciencia y, a la vez, intentar dominar con mi derecha, dominar el punto y moverlo por toda la pista. Ha funcionado muy bien”, apunta satisfecho el vencedor, que cierra con cuatro quiebres y desmenuza el segundo servicio del francés, capaz de retener únicamente tres de 17. Sin paños calientes, Alcaraz hace más o menos lo que quiere, lo que le pide el cuerpo en cada instante. Exquisito en la ejecución, deja una volea federeriana y en el mejor punto del partido, zarandea de un lado a otro a Monfils hasta que a este se le agota el aliento y lanza la raqueta a la desesperada, rendido, resignado ante tanto vigor, tanta fuerza y tantísima técnica. Aplauden desde la grada su amigote Jimmy Butler, el (¿futbolista?) Neymar y la gran torre argentina, Juan Martín del Potro, aquel que terminó devorado por las lesiones (muñecas y rodillas) y que poseía una de las derechas más vertiginosas que se han conocido, el martillo de Tandil. La de Alcaraz, puro plomo, no tiene nada que envidiarle.

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