Las perspectivas de paz se alejan en Sudán un año después de estallar la guerra | Internacional

Un año después del comienzo de la guerra civil en Sudán entre el ejército regular y unas poderosas fuerzas paramilitares, el país africano está irreconocible. La contienda bélica ha matado a decenas de miles de personas, ha devastado las infraestructuras críticas nacionales, ha obligado a millones de personas a desplazarse y ha provocado una de las mayores crisis humanas del mundo. Con todo, las perspectivas de paz siguen siendo remotas, y han ido disminuyendo con la gradual complicación del conflicto.

La guerra en Sudán estalló después de que la alianza de conveniencia que mantenían el ejército y las Fuerzas de Apoyo Rápido saltara por los aires el 15 de abril de 2023. El país arrastraba una fuerte inestabilidad desde que, un año y medio antes, ambos ejecutaran un golpe de Estado que acabó con una transición democrática iniciada en 2019 tras masivas movilizaciones sociales. Su aversión a una autoridad civil, a una reforma interna y a rendir cuentas mantuvo la unión por un tiempo. Pero su incapacidad para cimentar el poder ante una amplia oposición popular, una grave crisis económica, elevados niveles de violencia interna y un gran aislamiento internacional hizo su relación cada vez más insostenible.

Una familia sudanesa que huyó del conflicto en Murnei, en la región sudanesa de Darfur, descansa junto a sus pertenencias al cruzar la frontera entre Sudán y Chad, en la localidad chadiana de Adre, el 26 de julio de 2023.Zohra Bensemra (REUTERS)

El primer año de guerra ha producido ya una de las peores crisis humanas del mundo, según la ONU. Los muertos se han dejado de contar, y el cómputo más conservador, de la organización de seguimiento de conflictos ACLED, habla de 15.000, aunque la cifra real es mucho mayor. Hoy, 25 millones de personas, en torno a la mitad de la población, necesitan ayuda humanitaria, que sigue obstaculizada por las partes beligerantes. Casi 18 millones sufren altos niveles de hambre, y la declaración de hambruna es una cuestión de tiempo. Más de 10 millones de personas siguen desplazadas dentro y fuera del país, el 65% de la población no tiene acceso a la sanidad y 19 millones de niños no van a escuela.

Las hostilidades se concentran ahora en cuatro frentes principales: el Gran Jartum y las regiones de Darfur, al oeste, Jazira, en el centro, y Kordofán, en el sur. Las Fuerzas de Apoyo Rápido han mantenido por meses un control sólido de la zona de la capital, que se encuentra destruida, pero el ejército ha logrado avances notables en las últimas semanas. También en Jazira, que los paramilitares tomaron en diciembre, el ejército ha pasado a la ofensiva este abril. En Darfur, feudo tradicional de las Fuerzas de Apoyo Rápido, toda la atención se centra en la capital del norte, El Fasher, la última con presencia del ejército y grupos armados aliados y donde se teme una gran embestida de los paramilitares pronto.

“[El ejército ha tomado la iniciativa por] una combinación de factores, incluido que [su jefe Abdelfatá] Al Burhan cediera a las demandas de oficiales y soldados de rango medio para pasar al ataque, el aumento de reclutas para reponer sus efectivos y el uso de drones”, asegura el analista sudanés Jihad Mashamoun. “También es importante la inclusión de partidarios del antiguo régimen en el ejército y como voluntarios”, añade.

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Una guerra mucho más compleja

En este sentido, la guerra comenzó como un conflicto entre ejército y Fuerzas de Apoyo Rápido, pero un año después se ha vuelto mucho más compleja. Su prolongación, el pavor a los paramilitares y las flaquezas del ejército han llevado a los principales movimientos armados de Darfur, antaño enfrentados al régimen de Jartum, a revisar su neutralidad. En la mayoría de casos, pese a tensiones y fracturas internas, se han alineado con las Fuerzas Armadas, que también han recurrido al reclutamiento de miles de civiles y a la integración de milicias islamistas. En Kordofán, en el sur, el movimiento armado rebelde más fuerte de Sudán ha aprovechado la guerra para expandir su influencia. Y Mashamoun señala que los paramilitares también recurren a mercenarios extranjeros para inflar sus propias filas.

A la dilatación y el enquistamiento de la guerra también ha contribuido la intervención cada vez más franca de actores exteriores. El principal es Emiratos Árabes Unidos, el gran valedor de las Fuerzas de Apoyo Rápido y el principal arquitecto de sus nuevas líneas de suministro de material militar y combustible desde Chad, Libia y Sudán del Sur, según un informe de la ONU filtrado en enero. El ejército es cercano a Egipto, que, sin embargo, ha rehusado intervenir de una forma parecida, y en los últimos meses ha restablecido lazos con Irán, del que ha recibido un limitado apoyo militar, incluidos drones, según imágenes del mismo. La analista política y experta en Sudán Amal Hamdan sostiene que antes de estallar esta guerra “ya existía una internacionalización del proceso político sudanés”. “Con la guerra solo se ha comprobado hasta qué punto actores externos tienen intereses en Sudán”, subraya.

Ambas partes continúan cometiendo graves violaciones de derechos humanos a la sombra de los combates, incluidos bombardeos indiscriminados del ejército en zonas pobladas y campañas de limpieza étnica, saqueos masivos, violencia sexual y uso de niños soldado por los paramilitares. Los dos han impuesto además un clima represivo en sus territorios, con desapariciones forzosas, arrestos y torturas. Una región muy castigada ahora por los paramilitares es Jazira, donde activistas están registrando una violencia desenfrenada. Y las peores matanzas desde el año pasado se han producido en la capital de Darfur Oeste, El Geneina, donde los paramilitares y milicias aliadas cometieron, según el informe de la ONU, una masacre de la comunidad masalit en la que mataron hasta 15.000 personas.

En este contexto, Estados Unidos y Arabia Saudí buscan reactivar las conversaciones de paz celebradas el año pasado en la ciudad saudí de Yeda. Pero las partes beligerantes no ha mostrado señales de querer negociar una tregua y siguen planteando la guerra como un conflicto de suma cero. El diálogo de más alto nivel mantenido entre ambos bandos tuvo lugar en la capital bahreiní de Manama en enero con presencia de Egipto, Emiratos, Arabia Saudí y Estados Unidos. “La guerra en Sudán no es un problema africano que requiera una solución africana”, cree Hamdan. “Necesita que la comunidad internacional, y especialmente Estados Unidos, intervenga ante Emiratos”, agrega, ya que, a su parecer, “mientras siga sin haber rendición de cuentas van a seguir apoyando a los beligerantes”.

Entremedio, varias figuras y partidos políticos de la élite sudanesa impulsaron a finales del año pasado un frente civil, Tagaddum, encabezado por el ex primer ministro Abdallah Hamdok, derrocado en el golpe de Estado de 2021, que pide el fin de la guerra y abrir un proceso político. Sin embargo, el ejército, cada vez más dominado por sectores islamistas del antiguo régimen, percibe que la coalición se inclina hacia los paramilitares y se ha negado a reconocerla, y la alianza no cuenta con una gran masa de apoyo social y ya sufre fricciones sobre su organización y hoja de ruta. El amplio movimiento revolucionario de Sudán, muy activo en los últimos años, ha sufrido un duro revés con el inicio de la guerra. Los discursos pronunciados por los líderes de las partes beligerantes con motivo del final del mes islámico de Ramadán, aunque fueran para consumo interno, dejan poco espacio a la duda: Burhan afirmó que retomarán el diálogo político solo tras ganar la guerra, y el líder paramilitar, Mohamed Hamdan Dagalo, declaró que su único propósito es la victoria.

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